Juan Ignacio se recibió del secundario superando obstáculos

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A sus 19 años, terminó la secundaria con un gran promedio. Qué obstáculos tuvo que superar para cumplir con la educación obligatoria.

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Por Natalia Lazzarini
“No tenemos cupo”. “Nuestra escuela no está preparada”. “Quizás el año que viene”. Estas y muchas excusas más escucharon los padres de Juan Ignacio Bruno. El niño con síndrome de down necesitaba un banco en una escuela común. Alguna que albergara a este estudiante de segundo grado que se había quedado sin lugar donde cursar.

La familia peregrinó por cinco colegios y, en todos, la respuesta era la misma: no había lugar. Hasta que sin saber cómo ni cuándo, una puerta se abrió. La escuela San Jerónimo, de barrio Alberdi, se complacía en anunciar que Juan iba a tener lugar en la primaria. Por supuesto que con la ayuda de un equipo integrador. Es decir, especialistas que se encargan de adaptar los contenidos de la escuela común a un alumno especial.

“No nos fue fácil encontrar un equipo integrador. Al principio, la obra social nos pedía que pagáramos y a los nueve meses nos reintegraba el dinero. En el camino conocimos a profesionales que nos facilitaron la tarea. Y otros que nos complicaron”, recuerda Sergio Bruno, el papá de Juan Ignacio.

A través de la Fundación Síndrome de Down para el Apoyo e Integración (Fusdai), la familia logró el apoyo de un equipo excelente. Cuando Juan Ignacio terminó la primaria, la escuela decidió que el alumno estaba en condiciones de continuar el nivel medio allí. La ayuda de su maestra integradora Celia González fue fundamental para su posterior éxito.

Sin filtro. Juan Ignacio es el segundo de cuatro hermanos. Cuando vio la luz por primera vez, un 14 de octubre, sus papás se sorprendieron. Tanto Sergio como Valeria son biólogos y habían estudiado múltiples teorías sobre cromosomas, en la búsqueda de un varón.

“Fue un flash cuando nació. Nos enteramos en ese momento que tenía síndrome de down –recuerda su mamá–. Afortunadamente siempre tuvimos el apoyo de muchos amigos. Nos llovieron las llamadas. Así fue cómo nos contactamos con familias que pasaron por lo mismo. Eso nos dio fuerzas”.

La llegada de Juan Ignacio modificó los planes de los Bruno. Al principio, la idea era cerrar la fábrica en dos hijos. Pero tras meditar la idea, Sergio y Valeria decidieron agrandar la familia para lograr un mayor estímulo y contención. Hoy Juan Ignacio es el consentido de sus hermanas Florencia (21), Lucía (17) y Sofía (11). La luz de los ojos de la más grande.

“Al principio no podíamos evitar comparaciones. Recién caminó a los dos años y dijo sus primeras palabras a los tres. Pero enseguida comprendimos que era especial. Y nos focalizamos en sus atributos. Hoy sabemos que es un luchador. Que lo largues donde lo largues, se va a defender con uñas y dientes. Y va a sobrevivir”, comenta su mamá.

Sus hermanas lo definen como una persona sin filtros. “No es el más inteligente del curso. Pero sabe bien cómo comprarse a las maestras”, relata Florencia.

Paso a paso. La red de contención fue fundamental en el desarrollo de Juan Ignacio. Todos los sábados juega al fútbol con sus amigos. Y en poco tiempo ha logrado pasar de la rama Caminante a la Rover en el grupo scout Enrique Angelelli de barrio Los Naranjos.

Un halcón es lo primero que contesta cuando se le pregunta con qué animal se identificaría. Está en lo cierto: es muy observador. Aunque no quiere seguir estudiando, sus padres lo impulsan para que siga descubriendo fortalezas.

“Con Juan aprendimos a esperar. Si me preguntas dónde me veo de acá a unos años, la verdad es que no sé bien qué contestar. Podría elegir muchos lugares. Pero creo que lo mejor es donde él se sienta más cómodo”, finaliza su papá.