Un solo corazón: así fue el show de Alejandro Sanz en el Orfeo

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Alejandro Sanz reforzó el vínculo con sus fanáticas cordobesas. Su concierto en el Orfeo tuvo canciones de todas las épocas y una puesta sencilla pero magnética. La asistencia: seis mil personas. Mirá la galería de fotos.

 

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De la inabarcable galaxia de artistas pop de Hispanoamérica, Alejandro Sanz es el que tiene el contrato más claro con su público. Se sabe que no es un performer ni un crooner embutido en ambos italianos, sino un sencillo compositor de canciones entrañables, a las que en vivo interpreta con voz ajada y como si le fuera la vida en ello. Lleva más de 25 años así, sin reparar en academicismos y recostado sólo en sus intuiciones y su personalidad.

Es por eso que en la previa del show que el madrileño ofreció anoche, en el Orfeo Superdomo y ante seis mil personas, la ansiedad se enfocaba en la posibilidad de escuchar esos himnos construidos a partir del planteo de emociones simples u observancia precisa, y no en flashear con la puesta.

Y así fue, finalmente, aunque a decir verdad el complemento que Sanz utilizó en materia de iluminación y escenografía fue tan sobrio como rebosante de buen gusto. Luces multicolores, tubos fluorescentes diseñados como diamantes y pantallas gigantes podrían haberlo llevado a la categoría de psicodélica star, pero este artista viste de saco oscuro y jean, y sabe manejar muy bien los tiempos para no quedar enoff side. O no hacer el ridículo.

El repertorio comenzó a rodar a las 21.40, luego de que Sanz y sus músicos ingresaran por la parte frontal del escenario, animando una marcha circense.

El primer tema ofrecido fue el medio tiempo soul El silencio de los cuervos, que así como tiene el arrebato pacifista “que el marine se convierta en marinero” entrega una frase que podría haber usado el actual presidente en la campaña del año pasado: “Que no nos quede lejos el momento en que cambiemos”.

A pesar de tocar un tema prácticamente nuevo, procedente de Sirope, su último disco, Sanz ya tenía por entonces al soberano en el bolsillo. Una banda de siete instrumentistas y dos coreutas, muy firme para funkear y sutil para meterse con el flamenco, le permitieron al cantante pasearse por su repertorio con autoridad e hilvanar épocas con naturalidad.

En el primer tramo, se sucedieron temas de los últimos 15 años: Desde cuándo,Quisiera ser, No me compares y La música no se toca.

Ese fue un bloque de un ayer nomás que le alcanzó a Sanz para seguir siendo un cantautor relevante en general y preparar las emociones para hits incandescentes en este concierto en particular. Es que después encadenó esas composiciones que lo catapultaron en los ‘90, aquella época que fue infame para lo socioeconómico y fértil en materia de penetración pop.

El medley en cuestión lo formaron Amiga mía – Mi soledad y yo – Y ¿si fuera ella?, cuya estampida emocional se chocó de frente con la excitación que generó una versión extendida de Corazón partío. Ese clásico se ofreció con una introducción gitanísima de Todo es de color.

En fin, lo más cercano a la imagen “tirar toda la carne al asador” que más tarde se repitió con No es lo mismo o Viviendo deprisa.

Al gesto burócrata de tocar el último disco volvió apenas pasó la mitad del concierto, con el baladón Un zombie a la intemperie, en el que Sanz se asume “confidente de tu cajón”. Esa imagen viene de maravillas para fundamentar la longevidad de su éxito y el ensordecedor grito de histeria y emoción surgido de los diferentes sectores del Orfeo.

Sanz las entiende, las complace, las defiende. Sanz es imbatible.